Hace un rato he visto por la calle a Harold Bloom, el pope de la crítica literaria norteamericana. ¿Era él o sólo un doble con su misma cara y su misma edad? Da igual lo que fuera, era él.
Iba paseando lentamente, solo, con una sonrisa de oreja a oreja, abrigado para el frío. Llevaba un libro de Shakespeare en la mano, era él, casi seguro. Iba completamente ebrio: era él, seguro. Me dieron ganas de acercarme, saludarlo, preguntarle si sigue pensando en la genialidad de Nabokov, en que Cervantes escribió la novela más moderna de los últimos quinientos años, que me hablara, que me firmara un autógrafo como Maradona y que mis nietos dentro de sesenta años lo subasten por internet.
La gente murmuraba a su paso, y algunos lo insultaban, no por borracho sino por feliz.
Acabo de descubrirte gracias a Burdon. No voy a pasarme el comentario alabándote, pero te agrego a favoritos y seguirás viéndome por aquí.
un saludo!
normal; mucha gente escupe, insulta o se cabrea cuando no entiende algo... quizás deberían preguntarle antes por qué sonríe.
yo conozco unos cuantos de estos que murmuran cuando te ven feliz. (Panda de amargadosss!)
Harold Bloom es lo suficientemente conocido como que alguno de esos insultos se lo llevara por alguna de las multiples razones de más peso que hay para insultarle. (Y no soy feminista)
Escrito por Sonia a las 24 de Abril 2005 a las 04:12 PM¡Ahh! La incompresión de la felicidad en el único país que es un derecho constitucional.
Ironía de la vida
Escrito por Mnemosine a las 7 de Septiembre 2005 a las 01:01 PM